
Con mi abuela Margarita, Archivo familiar. S.F.
Este año se cumplirán 18 años de tu muerte, abuela. Y cuando tú falleciste yo tenía 18 años. Es decir, llegará ese punto de inflexión en el que se igualan los años que me acompañaste, y mis años sin ti sobre esta tierra.
He pasado la mitad de mi vida sin tu presencia. Y esa distancia temporal seguirá alargándose entre más años me regalen por aquí.
Aún así, y eso es lo que más me mueve a no dejarlo en silencio y compartirlo, los recuerdos contigo son tan vivos, tu presencia es tan cercana que la siento como si hubiera pasado ayer. Como si ayer hubiéramos jugado al fútbol en mi cuarto (mi mamá regañándonos porque hacíamos mucho ruido y podíamos dañar el closet, que se convertía en la portería de nuestro partido imaginario). O como si ayer hubiéramos horneado un pastel, o como si ayer hubieras estado en casa por varios días, y yo feliz de que tenía a la abuela a mi lado, al dormir y al despertar. Hubo también días que te esperé en nuestro ventanal, hasta que mi mamá o Julia me dijeron: “la abuela ya no vino hoy”.
Y yo me pregunto si en eso consistirá la vida, y el envejecer. Seguir viviendo poblado de recuerdos, reviviéndolos, reinterpretándolos sin que el presente deje de transcurrir.
Tú intuías que el tiempo iba acortándose. Un día yo te decía que me ibas a ver graduado de la universidad, y tú me respondiste, plena de amor y sinceridad que no era posible: “Yo no creo mijo que alcance hasta allá”. Y yo recuerdo que ese día me sentí triste con tu respuesta. No nos alcanzó la vida juntos para que me vieras corto de cabello, con canas y arrugas.
Pero nos alcanzó lo suficiente como para que sigas viviendo en mí, así sean ya 18 años de tu ausencia. Por momentos te encuentro no solo en sueños sino en lugares, como cuando visitamos uno de tus “malls” favoritos en Miami, del que me contaste con fascinación cuando era niño.
Y ante la muerte que se acerca, que acecha, que es inminente, yo solo encuentro algo de alivio en el presente. No por negación ni rechazo de lo que viene. Sino porque aún no llega. Y, como aún no llega, queda un mínimo de tiempo para seguir sintiendo, para seguir viviendo. ¿Con el brillo y la intensidad del pasado? ¿Con los ojos nuevos de la niñez y de la juventud? No. Pero tampoco con la emoción completamente extinguida. Una amiga, atravesada por la nostalgia de no celebrar más el cumpleaños con su mamá, escribía que en este momento “era feliz de una manera diferente”. Y esa diferencia no llama a engaños, ni tampoco invita a quedarse en la nostalgia, sino a caminar con ella.
Sí, como vos también me enseñaste abuela, la meta es no dejarse amargar por las vicisitudes de la vida, y que la curiosidad se mantenga, que las sorpresas sigan apareciendo, que por momentos nos apabulle la alegría, y la gratitud por estar vivos.
Permita la vida que yo siga sorprendiéndome, que yo siga encontrándote en mi camino, y que la última sorpresa sea el cómo de mi muerte, el significado (si es que tiene alguno) de la muerte misma.
Primer versión de este texto escrita el 10.08.2025. Corrección y ajustes el 10.07.2026.
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