“Yo ya no quiero este país, yo quiero irme de este platanal”, decía uno de mis familiares en una de las últimas visitas a la casa. Yo lo escuchaba con tristeza. Quizás hablaba desde sus experiencias laborales y personales: contratos a término definido, estudios de especialización que no eran reconocidos en el salario, ver que el dinero no le alcanzaba para sus gastos y estilo de vida. Mi familiar trabajaba para pagar deudas y muy de vez en cuando para “darse sus gustos”, como dicen en Medellín.
“Tenga confianza, don Carlos Mario, de que la reactivación económica va a ser un hecho y va a llegar a Colombia”, me decía hace unos años durante plena pandemia del Covid-19 la asesora de Colfuturo, cuando yo le mencionaba que anhelaba regresar al país, pero que no podía ni quería regresarme sin un empleo. Me detenía y detiene la historia de otra de mis familiares, que terminó una maestría en Norteamérica, se devolvió para Colombia y estuvo desempleada por más de un año. Aún con sus experiencias y estudios ella solo recibe contratos por proyectos de 8 o 9 meses al año.
“Escríbale al que fue su jefe, quizás le ayude a conseguir un puesto que lo devuelva para Colombia”, me decía hace unas semanas mi papá. Hasta ahora me he resistido a hacerlo, aunque no lo descarto del todo. Mi papá me lo decía cuando supimos que llegó al parlamento colombiano. El que fue mi jefe me decía, en tono de broma, pero con seriedad: “Escriba sin tanta poesía, Carlitos”, y entonces yo me volví un espartano con las palabras, y empecé un camino muy largo en el que evité decir lo que pensaba, en el que dejé de expresar lo que necesitaba, en el que me volví trabajo y casi me diluyo por completo.
Hace unos días me encontré con un informe de la Asociación de Cultivadores de Caña de Azúcar de Colombia (Asocaña). En su informe Anual 2024-2025 dedicaron un espacio a las “remesas familiares, pilar clave en la economía colombiana”. Les autores describen que las remesas “son la segunda fuente de divisas después del petróleo (…) y por segundo año consecutivo superaron a las exportaciones agrícolas y a las exportaciones de la industria manufacturera” (Asocaña, 2025, p.40). Es decir, les colombianes en el exterior se han convertido en uno de los motores de la economía del país. Con esa moneda extranjera que ingresa al país como remesa, muchas veces fruto de dos y tres trabajos al tiempo y de sinnúmero de horas extras, les colombianes en el exterior están sosteniendo el bienestar de cientos de miles de familias en el país.
Asocaña menciona con cierto tono de preocupación para un informe empresarial que el Valle del Cauca es el principal departamento receptor de remesas en el país, con 12 billones de pesos en el 2024, y que “por cada dólar exportado, la región recibió 1,2 dólares en remesas” (Asocaña, 2025, p.41). Se preocupan de que más personas se estén yendo del país “en busca de mejores oportunidades”, y de que los que se quedan están teniendo cada vez menos hijes. Es decir, cada vez tendrán menos mano de obra, y cada vez habrá menos recambio generacional. La principal recomendación que hacen es caracterizar a les colombianes migrantes e incentivarles a que inviertan las remesas con fines productivos como “adquisición de vivienda y educación”. Aunque lo menciona brevemente, el informe no enfatiza en que la mayor parte de las remesas no son para lujos, sino para suplir las necesidades diarias de las familias.
En lo que Asocaña guarda silencio es en las otras causas de la migración. No se trata simplemente de buscar mejores oportunidades, se trata en primer lugar de que Colombia sigue siendo profundamente desigual e inequitativa, con condiciones educativas y laborales desfavorables para las personas.
Colombia, lejos de cualquier socialismo o comunismo, y más bien claramente alineado con los principios capitalistas y neoliberales del libre mercado, ha conseguido los mismos efectos que han sufrido sus países vecinos: que un grueso de su población emigre, sin perspectivas de regresar. Colombia sigue produciendo riqueza, pero se queda en manos de unas pocas élites religiosas, políticas y empresariales que siguen gozando de su posición privilegiada. Y que no toleran que les toquen las tierras improductivas, ni que les impongan impuestos a sus riquezas, riquezas que parquean en el exterior y no son reinvertidas en la producción del país.
En esta época preelectoral a la presidencia de la república (2026), me llegan hasta aquí los ecos de quienes propagan el miedo a que nos volvamos como Venezuela. Algunos políticos ofrecen la región de la que provengo, Antioquia, como el “muro de contención del comunismo”. Yo no logro comprender la instrumentalización del miedo a un modelo social que está tan lejos de llegar a mi lugar de origen. Estoy de acuerdo con que es necesario estar atentos a la democracia, y a que no es necesaria una Asamblea Constituyente en el futuro próximo. Pero tampoco puedo aceptar que la solución sea mantener o aumentar las inequidades, una de las principales causas de la migración.
Yo aún espero la reactivación económica que prometieron en la presidencia del periodo 2018-2022 y que no llegó. Desde aquí mantengo mis ojos abiertos, por si aparece una oportunidad laboral valiosa que me devuelva al país. Y si, para muchos, mi país es un platanal o una “banana republic”, allá ellos con sus visiones. Ellos quizás no conocen qué significa crecer a la sombra del platanal, escucharlo mecerse con la brisa, disfrutar de sus frutos. El problema es que cada vez más de les nuestres ya no pueden disfrutar de estos sabores, o les llegan en barcos que les cambian el color, la textura y el dulzor.
Aquí el reporte de Asocaña que menciono en estas líneas
Asocaña. (2025). La agroindustria de la caña, un sector con propósito. Asociación de Cultivadores de Caña de Azúcar de Colombia. https://www.asocana.org/modules/documentos/17797.aspx

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