Arepas con Harina PAN (paquete amarillo)

  • Proporción 1 a 1: 1 Tasa de Harina por 1 Tasa de Agua
  • El agua puede mezclarse con algo de leche.
  • Mantequilla y sal al gusto dentro de la mezcla
    La variante vegana es sin leche y con margarina.
  • Para asarlas: en sartén, con una pizca de aceite vegetal.

Mis sugerencias: incorporar el agua o agua-leche gradualmente e ir amasando.

-La masa debe quedar unida, amalgamada, compacta. Y debe estar lo suficientemente húmeda, ser lo suficientemente flexible como para no resquebrajarse de inmediato. El punto de humedad es importante, para que no queden muy secas.

-Si no se tiene parrilla, se pueden preparar en una sartén con un mínimo de aceite vegetal. Cada cierto tiempo debe añadirse nuevo aceite. La sartén debe estar caliente, de lo contrario lo único que se hará es que las arepas absorban el aceite sin asarse propiamente.

-Suena obvio, pero mejor escribirlo: asar las arepas por ambos lados, y girarlas varias veces hasta que tengan color dorado.

Con Julia, aproximadamente en el 2003-2004. (Archivo familiar)

“Yo tengo tres mamás”, decía cuando estaba niño. La mamá que me trajo al mundo, que se llama Margarita. La abuela que me cuidó de niño y adolescente, cuyo nombre era Margarita. Y la nana, que me cuidó de lunes a viernes (a veces incluso los sábados), desde la niñez y hasta los casi 20 años. Ella cuidó de mí porque mamá y papá trabajaron a tiempo completo, y no había nadie más dentro de la familia que pudiera hacerse cargo de este care work. Mi tercera mamá se llama Julia. “Julieta” o “Julia querida”, la llamo yo cuando conversamos. Ella a veces me decía “Mi rey Arturo”.

Ella nació en 1950, en Titiribí, un pueblo cerca de Medellín.

“Niño, venga pues para que hagamos las arepas”, me decía. Ella y yo molíamos el maíz cocinado, todavía algo caliente. El molino era un aparato metálico, manual, con no más de 10 piezas que yo de niño y con su ayuda era capaz de ensamblar. Tenía un soporte que se introducía dentro del poyo (mesón) de la cocina. Por eso muchas cocinas en Medellín tenían dos orificios en la parte frontal del poyo, donde se instalaba el molino. En las casas modernas ya no veo esos orificios. El molino manual que teníamos se fue un día con la “modernidad”.

Metíamos los granos de maíz en el molino, y comenzábamos a darle vueltas a la manivela. Al otro lado salía la masa blanca, todavía algo húmeda, que amasábamos y se convertía en las arepas. Eran arepas a las que muchas veces se les notaban las huellas de los dedos que les daban sus formas. Julia las iba amasando con dedos y palmas, hasta lograr que quedaran parejas. La mayoría de las veces a mí me quedaban desproporcionadas, un lado más grueso que el otro, los bordes burdos, no tan pulidos como las de ella. El último paso era asarlas: yo no podía encargarme de asar las arepas, porque el calor era muy alto y todavía no sabía medirlo con precisión. Las parrillas eléctricas se ponían rojas como brazas de carbón, y de la cocina de la casa comenzaba a salir el olor de arepas recién asadas, que llenaba el apartamento de 60 metros cuadrados en el que vivíamos.

Como premio por mi trabajo, Julia me dejaba jugar con la última parte de la masa. Yo podía elegir cualquier figura y ponerla en el asador. Recuerdo mucho que, una vez, intenté amasar un muñeco de nieve, quizás por lo del color blanco. Por su redondez necesitó de más tiempo en la parrilla, y no quedó del todo bien asado.

Desde hace más de 20 años ya no hacemos las arepas en casa. En nuestro caso, la decisión llegó un día en la voz de mi mamá. “Ya no se justifica hacer las arepas. Mire que ya venden tres paquetes de arepas por mil pesos. Además, mire toda la luz que se gasta, y la luz está muy cara”. Desde entonces, compramos las arepas en el barrio. El sabor de las arepas recién hechas se ha ido olvidando. Solo se recuerda de vez en cuando al visitar algún pueblo donde todavía las preparan a mano, al carbón o con leña.

Casi siempre que preparo arepas con harina de maíz (Harina PAN), recuerdo a Julia, pienso en su vida, pido por su salud y su bienestar, y porque no sufra. Yo todavía la siento como una de mis mamás, así ya casi no conversemos directamente.

Esta semana, que la tuve mucho en mis pensamientos porque estuvo muy mal de salud, me sorprendió con la respuesta a un mensaje que le envié. “Yo no me voy a morir todavía”, dijo a una de sus hijas, que le pasó el mensaje a mi mamá. Sonrío cada que pienso en su respuesta, corta, contundente y segura frente a la muerte. Algunas personas dicen que uno sabe o va sintiendo cuando se va a morir. Yo no estoy tan seguro de ello. En este caso, me alegra mucho que Julia no sienta dolores, y que vuelva a casa con su familia. “Ojalá que nos volvamos a ver”, me dijo hace unos días. Ojalá que nos volvamos a ver, Julieta querida.

Mientras tanto, sirvan estas palabras para decirte que desde aquí te abrazo, que desde aquí te quiero, que desde aquí pienso en vos.

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