-¿Y tú que quieres?

-(Silencio)

-Ay!, yo no sé Ana, vos verás

El no retorno juguetea a la vera. El río, atractivo y cristalino, te seduce para que des el paso y bajes con la corriente, dejando todo atrás. Estás en la orilla y temes caer al agua. Levantas la vista, él viene a lo lejos, entre sombras y desenfoques porque no tienes gafas (para reconocerlo no las necesitas. Conoces de memoria su rostro y su cuerpo, su manera particular de caminar y la forma como se mece a cada paso).

¿Para qué dar crédito a lo que ves? Te enfureces por no tener gafas y por no saber bien qué hacer. La duda te llena. Un paso en falso y ya no será el agua, sino volver a caer en todo aquello por lo que antes habías decidido irte. Ahí está el barquero, sin prisa, decidido. Él sabe que se acerca su hora de partir. Eres tú quien debería apresurarse. La sombra se hace cada vez más nítida y toma una forma definitiva. Ya no hay duda, es él.

¿Qué hacer? La vida no viene con instrucciones y esta no es la excepción. ¿Qué sientes? Esa puede ser una buena guía, un buen comienzo para saber cómo seguir. Para poder ver. Pero ¿qué sentir cuando todo es confusión?

El barquero comienza a alejarse de la orilla. Él está a punto de tenderte los brazos. Tú en el medio, confundida y aturdida. Siempre que se toma una decisión, queda un pequeño resquicio en el que se sienta a husmear, y a reírse, la incertidumbre.

En muchas ocasiones le huyes al decidir y prefieres dejar que el mundo decida. “Esperemos cómo se dan las cosas”. Hoy, se fue el barquero. Él te abraza.

Escrito el 28 de septiembre 2008, hasta las 12:20 a.m. Lo recuperé al remover papeles antiguos, y me pareció bello compartirlo aquí.

Un viaje y un regreso han hecho que tarde para volver a publicar en Por Otros Caminos. Este es el primer paso para volver. Gracias por la paciencia.

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