Hoy llegará mi cama doble. Y yo no logro dormir más. Son las 4:20 a.m. y busco las razones, si existe alguna. Anoche me acosté pensando en que aún no terminaba mi texto sobre una cama doble. Reviso mis notas. El texto no existe, son bosquejos, pero no muchos, no hay hilo. Empezaré de ceros.

Cama doble -1 “Compre de una vez la cama doble, en todo caso la va a necesitar para cuando él regrese”. Nunca conocí esa cama, que fue el símbolo de una promesa de dormir juntos, de compartir días y noches que no se materializó. Ya ella vive en su piso propio, quizás duerme en la misma cama que un día su mamá le sugirió comprar. Ojala que la comparta con alguien que ame, y que la ame.

Cama doble -2 “¿Usted por qué no tiene una cama doble?”, me reprochó un día. Lo hizo cuando su propia cama doble, defectuosa y desvencijada, no dio para más. Las tablas cedieron y una parte del colchón quedó a ras del suelo. Yo terminé con parte de mi cuerpo a ras del suelo.

Nos levantamos, intentamos acomodar las tablas, ajustar la estructura. Al volvernos a acostar se volvió a caer. No me quedó más sino recoger mi almohada y mi cobija, y regresarme a mi piso. La novia era mi vecina, y al menos eso hizo el recorrido más corto de vuelta a casa. La cama, aunque doble, no se desvencijaba si había una sola persona acostada. Cuando se acostaban dos personas, no resistía más. Días después ella me contó que su novio anterior estaba harto de esa cama, y que ya le había prometido comprarle una cama nueva. La cama nunca llegó porque la relación se terminó antes de que llegara el domicilio.

Yo no le contesté nada a su reproche. Sin embargo, me sentí mal por no tener una cama doble. Ella sabía de mi origen, ella conocía mi cuarto, cómo llegué aquí, lo básico que en él guardaba. Una de las primeras noches, cuando ella todavía estaba en la fase de conquiste, pasó la noche conmigo en esa cama sencilla. Fue la primera y la última vez. A veces, cuando la llamaban las ganas del placer y del sexo, tocaba a la puerta, estaba en mi cuarto, teníamos sexo y al rato se iba. Que necesitaba dormir, descansar para seguir con sus estudios al día siguiente. Que en esa cama pequeña no podía descansar, que nos veríamos después. Y entonces esa cama sencilla se transformaba, se volvía gigante. Yo terminaba la noche como vacío, con una profunda sensación de soledad.

Todavía duermo en la cama pequeña que compré hace cinco años y casi seis meses. Traquea mucho, es incómoda. Le falta una pieza, un tornillo pequeño (referencia 100514 de Ikea) que se perdió en mi último trasteo, y por eso toca de mes en cuando volver a encajar la pata con un par de golpes secos. No se desajusta rápido, nadie duerme conmigo, nadie ha dormido conmigo allí desde hace al menos cuatro años.

Yo busco no rechazar mi cama, todavía me da cobijo, pero ya quiero cambiarla por mi primera cama doble.

Cama doble-3. Un día intentaba explicarle a una vecina el significado en estas tierras de comprar una cama doble para mí. Suena absurdo, pero es como un pequeño “settle down”, un asentarme en estas tierras.

La que pareció entenderlo en la distancia fue mi mamá, que me respondió lo siguiente cuando le conté que compré la cama:

-Ay Hijo, nos alegramos pues de la compra de la cama pero qué berracos tan demorados. ¿Es que tuvieron que mandar por la madera al Amazonas?, Eavemaría, ¿o apenas están curando la madera? Pero bueno, esperemos pues que sea una buena compra, una buena inversión. Y que podás cambiar esa camita, hijo, qué bueno, yo me alegro mucho (suspiro)… Que te acabe de ir bien, que almuerce rico, y bueno… Nos conversamos…

Un abrazito muy grande, te queremos mucho, muchos saludos del papá. Y… Lo Mejor… (ahí a mamá vuelve y se le quiebra la voz). Que sea todo lo mejor hijo… Démosle gracias a Dios por todas esas bendiciones, por esas cosas tan buenas, y que a pesar de las distancias podés conseguir las cositas que necesitás para estar mejor cada día. Te queremos mucho, mucho… chao hijo”.

Un acto simple: conseguir una cama, es asunto de alegría y de nostalgia. Qué bueno, pero qué triste que pase lejos de nosotros. Qué bueno que estarás mejor, qué duro que eso signifique que te alejas cada vez más del regreso a tu ciudad de origen.

Por eso simbólicamente tuvo tanta fuerza para mí este acto. Lástima que el vendedor de la tienda no fue amable. Él no tiene que entender lo que significa la cama para mí.

Comprar esta cama es impulso, entraña dolor y nostalgia, pero es motivo de alegría. Es construir un hogar, que es mínimo, pero que es lo que tengo en mis manos. Trabajar con lo que la vida aquí y ahora me permite, con lo que tengo para materializar. Ni en el futuro, ni en el pasado. Aquí mismísimo.

Mi primer día de vacaciones desarmé la cama antigua, arrumé el colchón viejo. Y aún sin la nueva estructura, puse el colchón nuevo en el piso. Y en esos días de vacaciones y de colchón nuevo, dormí como un rey (exageración antioqueña). El primer día hice una siesta. Yo, en cama a la 1:00 p.m., y no estaba enfermo. Y estas últimas casi tres semanas han sido bonitas. Nada más ayer quería irme a la cama, por el simple hecho de estar sobre el colchón y descansar, sin hacer nada más.

Si todo sale bien, hoy llegará la estructura de la cama. Ya veremos de qué va, y qué historias llegan con su armada. Por ahora, estoy más tranquilo pues al menos logré poner juntas las notas que sí tenía en mi libreta pequeña sobre la cama doble.

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