Los mirlos se posan en las copas de los árboles. No les bastan las ramas del medio, ni quedar camuflades entre el tupido del follaje. A falta de árboles, algunes se posan en los techos de las casas, en las antenas repetidoras. Los alados pesados, insistentes y dominantes, como cuervos, urracas y palomas ya parecen dormir.
Es el atardecer de la primavera tardía, que se alarga por horas ya sin sol y que ofrece un concierto de colores más bien tenue, a veces lánguido, pero siempre prolongado. El atardecer trae tranquilidad, algo de calma, asomos de paz después de la intensidad de los días.
Los mirlos cantan distintas tonadas, o la misma que como un eco repiten de árbol a árbol. ¿Qué se contarán? Me pregunto. ¿Qué se dirán con tanta urgencia que no pueden callarlo ni guardarlo hasta mañana? ¿Habrán alcanzado a decirse todo lo que tenían pendiente, todo lo que querían expresar?
Son pájaros y la libertad, bien lo saben, les da alas, pero les quita comodidades, que no necesitan. Si llueve muy fuerte, no hay canto. La brisna leve, sin embargo, no los espanta.
Yo los imagino, tal vez, conversando del día, contándose donde encontraron comida, o donde no perder el tiempo pues no encontrarán nada. Yo los imagino contándose que ya hicieron sus nidos, que están de paso por estas tierras -casi siempre frías- para irse pronto de nuevo. No tienen mucho tiempo que perder. Por momentos, creo yo, interrumpen también la conversa para alertarse entre sí. Está tarde y, aunque muchos duermen, algunas amenazas todavía aparecen alrededor.
¿Hablarán los pájaros de los caminos recorridos? ¿Les contarán a los recién nacidos de los otros árboles, climas y lugares que les dieron abrigo? ¿Hablarán de sus viajes largos y llenos de incertidumbre que, desde el norte de Europa los llevan al sur, tan al sur como el mismísimo norte del África? ¿Hablarán de esos viajes que son, para algunos, sin regreso?
Qué se dirán entre sí los pájaros, me pregunto yo. Yo, que en los atardeceres largos me detengo a escucharlos, y que por momentos me gustaría ser árbol para darles abrigo, sustento, y para escuchar sus historias en completo silencio.
Otras veces he pensado que valdría la pena ser como los mirlos, que entregan su voz, que dan todo en su canto sin saber si llegarán al próximo verano. Ser como elles, que cantan hasta el ocaso del día, y de la vida misma. Y que luego desaparecen, sin dejar rastro.
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