“Estamos frente a una oportunidad que solo sucede una vez en la vida. Ahora podemos venderles todo, incluso si no está probado que sea útil”. Un compañero de deporte, que en la última temporada había estado muy ausente, me explicaba las razones de su ausencia. En los últimos meses había estado viajando por negocios a países del Medio Oriente, y de Europa del Este. Él trabaja para la industria de la guerra, y recién había comenzado el ataque de Rusia a Ucrania. Era febrero del 2022.

Desde entonces se libra una guerra en Europa, y los ecos de su guerra han llegado hasta donde vivo en distintas olas. Al principio, los brazos de Alemania se abrieron a les refugiades de la guerra. Supe de familias de amigas que hasta les brindaron cobijo, durante meses, en sus propias casas. Con los años, esa solidaridad se ha ido limitando. Sin embargo, por momentos tengo la impresión de que la guerra no comenzó en el 2022, de que la guerra nunca se había ido de Kassel, la ciudad donde vivo.
La industria de la guerra sobrevivió en Kassel a los bombardeos que vivió la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. En el corazón de la ciudad está Rheinmetall, una empresa que produce tanques de guerra (Panzers). Al visitar a amigues, al recoger verduras en mi bicicleta, me encuentro con sus edificios, con los tanques que ya están listos y que cubren con lonas. A veces, al tomar el tranvía, me encuentro con los camiones que transportan los Panzers. Su paso pone pesadas las calles y me lleva a pensar en sus destinos finales, en los frentes de guerra. Tanques hechos para destruir y arrasar.
Los tanques no son el símbolo de las guerras actuales que se disputan con drones, que se libran en entornos digitales, y que por ahora rehúyen en gran medida las tropas en tierra, el combate cuerpo a cuerpo. Aún así, son aquí una presencia explícita de la guerra. Alemania también se alista para una guerra, y le ha pedido a Rheinmetall que le construya 200 tanques en los próximos años. En el último giro de la historia, empresas como Siemens, y otra menos conocidas como Dräxlmaier se desmarcan de su rol civil, y comienzan a producir partes para tanques y drones. Mercedes Benz no descarta sumarse a esta nueva ola, y Volkswagen niega que esté involucrado con industrias de la guerra en Israel. Las empresas siguen la pista del dinero, y la industria de la guerra les está ofreciendo las ganancias que no les ofrece más la industria automotriz.
El mundo que yo conocía está cambiando muy rápido, y yo no alcanzo a dar razón de él completamente. ¿Qué me queda, qué nos queda? Resistir, y no olvidar. Y trabajar juntes. El punto no es prepararse para la guerra, ni sumarse a ella como las empresas que ven allí una oportunidad de negocio que les dejará ganancias económicas al coste de más destrucción y muerte. La tarea es desnudar las intenciones e intereses de los actores que quieren la guerra, hacerlos evidentes, desmantelar la guerra a tiempo. Ojalá que no sea muy tarde para comenzar (o continuar) con ese propósito común.
Nota: todos los enlaces de esta entrada del blog están en alemán.

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