Mis libros enmohecen en el sótano, que en mi región se nombra con la expresión vacía de “cuarto útil”.
Las palabras que frecuentaba, el periodismo y la poesía que me convocaban hace 15 años, se están enmoheciendo, en el más literal de los sentidos. Y yo, como un náufrago que busca en la costa los restos del barco, me acerco a rescatar lo que pueda. Alguna conserva o frazada, algo de comida o algo que me dé abrigo.
Me prometo sacar palabras y sentires de esos libros enmohecidos, revisitarlos con ojos renovados, aceptando que el tiempo y la humedad los atravesaron, que ya no son los mismos, que ya no los siento totalmente míos, si es que algún día me pertenecieron. Herrumbre, humedad y tiempo pasado, ahí están conmigo.
Encuentro entre esas palabras algunos escombros del que un día fui. Sentimientos que vuelven. Ausencias y presencias que llegan a habitar, a acompañar el aquí y el ahora. Sí, los libros enmohecieron, y yo no hice mucho por ellos. En su silencio, en su soledad, me llaman a la acción.
Me llevo un solo libro, que habla de “Los privilegios del olvido”. Les prometo volver y cierro la puerta. En este momento solo busco donde terminar de pasar la borrasca.
El naufragio comenzó con oleadas desde el interior. Hasta ahora, solo soy humedad.

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