Me pedías, J., un día, que te contara cómo es la vida por aquí, cómo pasan los días, cómo es este mundo que aún no conoces, que aún no has visitado, que aún no sabes si visitarás un día.

Es difícil contestarte a esa pregunta. Cómo explicarte la vida, las rutinas y sorpresas de los días sin caer en los estereotipos. Cómo ser justo con el invierno y sus noches largas, y no aborrecerlo ni repudiarlo. Cómo compartirte las sensaciones que trae la primavera, que aquí se tarda en llegar más de lo que dicen los libros sobre las estaciones (que cada estación dura tres meses).



Es casi el final de abril, y yo me siento con una frazada en mis piernas mientras te escribo. Y hay días en los que todavía necesito encender la calefacción, porque sentado, casi inmóvil, mis brazos comienzan a sentir un frío ligero que baja hasta los dedos, y eso que las ventanas están cerradas y que uso un suéter en el cuarto.
Oficialmente es la primavera desde mediados del mes: lo dicen los árboles, lo anuncian los arbustos y los tulipanes, los dientes de león que vuelan por el aire. Lo cantan los pájaros que volvieron. Los cuervos y sus graznidos, que fueron casi el único canto que escuché durante el invierno, todavía aparecen, pero ya no son mayoría. En el camino al trabajo vi las magnolias en flor, y pensé en vos. Y pensé en mi mamá y por eso le mandé un par de fotos vía chat. Quizás las magnolias me ayuden a compartirte un poco de este mundo.
Los días con un sol brillante y dorado, especialmente de mañana, no son garantía de calor. Esta semana olvidé mis guantes, y luego del camino en bici llegué a la oficina con mis manos rojas y ardiendo del frío. Sí, aquí he aprendido que el frío también quema. En estos días, solo con las horas, el sol hace su efecto y los mediodías y tardes son cálidos, en una calidez que todavía necesita de un suéter medianamente grueso. De regreso a casa pude, con suerte, viajar sin guantes, sin bufanda, con una chaqueta ligera.
Aquí el sol te llama, y lo mejor es no ignorarlo. Aquí aprendés que, si tenés suerte, puedes contar con él por cuatro o cinco días seguidos. Si no, pasarás semanas enteras sin él.

Al detenerme a fotografiar las magnolias pensé en sus vidas y en las nuestras. Aún cuando hace frío, aún cuando todo parece dormir, la magnolia despierta desde dentro. Una ola invisible de fuerza que viene desde el sur, las llama a la vida. Y ellas comienzan con capullos gruesos, que los protegen del invierno, hasta que la luz aparece con más fuerza y las llama a florecer. Algunos brazos de los árboles y sus flores se aceleran, o quizás ya no logran leer el clima debido a los cambios que le hemos infligido con nuestro habitar en el mundo; otras flores tardan tanto que ya es muy tarde cuando quieren florecer. Las heladas llegan a la ciudad y queman las flores de los brazos más adelantados. Continúan así dos semanas, como máximo tres, en las que las heladas danzan con las magnolias. En ese tiempo, las flores se caen, se diluye el aroma, llegan las nuevas hojas. Dicen que las magnolias pueden vivir muchos años (las fuentes que encuentro en internet se contradicen. Coinciden en decir que son una de las especies más antiguas sobre la tierra, que sus flores son como las flores que quizás había aquí hace 200 millones de años, que un árbol puede vivir 100 años). Con sus vidas, que sobrepasarán a la mía, me recuerdan un poco cómo es vivir por aquí entre fríos, soles dorados y helados, largos sueños y lentos despertares.
Ojala, J., que estas imágenes y palabras te den una pequeña idea de la vida por aquí.


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