Ya cumplo una semana y dos días sin vos, Medellín, y yo pienso en escribirte, en no dejarte en silencio, en volver a pasarte por mi memoria para poder dialogar con vos la próxima vez que nos veamos, para que como amigos podamos vernos a los ojos y conversar de corazón, sin silencios que pesen porque no se dijo lo que debía decirse en su momento. Yo quiero que conversemos sinceramente, así nos pase el tiempo.
Te lo digo de frente: te vuelves cada vez más implacable y dura ante mis ojos. Cuántas personas en las calles, rebuscándosela, cuántos precios explotados, fuera del alcance de las y los de a pie; cuánta pompa y brillo para otres; como si para otres fuera el cielo, como si el bienestar solo fuera para aquelles que pueden pagar por él.

Guayacán en Sabaneta, Antioquia, diciembre de 2025.


Me recibiste con lluvia, me despediste con ella. No sé qué le hiciste a los guayacanes que perdieron su coordinación, que ya no logran comunicarse entre sí para florecer al mismo tiempo. Serán quizás tantas bocinas, tantos motores, tantas construcciones y tanto ruido en las calles que no dejan que se comuniquen, que les cortan cualquier posibilidad de contacto permanente en el tiempo. Yo no sé si me aferro a esperanzas magras, pero lo único que me da razón de esperanza son los pájaros que todavía te habitan, los pericos y loros pequeños de la Avenida Oriental, las guacamayas que pasaron imponentes al frente de mi casa y que han aprendido a esquivar los edificios que les han puesto por todos lados, las guacamayas que han aprendido a vivir dentro de la selva de cemento en la que te estás convirtiendo.
¿Dónde dejaste la eterna primavera? Ahora cambias de fríos que se sienten polares (exageración antioqueña) a soles caniculares como de la costa que no te conocía de antes. ¿Qué hemos hecho de tu clima que era envidiable? Quizás por eso es que te quieren construir una playa artificial al lado de un mar inexistente. Hubo momentos, sin embargo, que me llenó tu cielo azul clarito, tu horizonte despejado, tu luz plena que me atravesó, que entró hasta lo profundo y me dio energía para seguir. Esa luz no ha cambiado, ese calor blando y acariciador se mantiene, pero es escaso. Te volviste de extremos.
Fui consciente de que no has cambiado tanto desde antes de abordar el avión para encontrarte. “Voy para Medellín porque el jueves van a ponerme tetas”, fue el saludo de una persona que iba a compartir el vuelo desde Madrid. Y cuando estaba en tus calles escuché de amigas, profesionales y con empleo, que han servido de acompañantes a extranjeras que vienen a operarse en tus tierras, y que gracias a esas visitas crecen los edificios médicos, mejoran las empresas de fajas, y entra dinero a diferentes sectores de la economía local. Lo maquillan con el nombre de autocuidado, de bienestar. Yo siento que, si siguen los patrones de los estereotipos de belleza, lo que refuerzan es los patrones estéticos heredados del narcotráfico.
Y no sé, para serte sincero, si el boom del turismo te ha hecho más bella, o si te ha maltratado. Ya no estás bonita para vos y para la familia, sino para los que vienen de visita, para los que compran apartamentos en tus espacios para arrendarlos en Airbnb. “Si me ayuda a vender el apartamento se lleva su comisión, y si se lo vende a un foráneo, todavía más”, me decía un vecino mientras nadaba, que algunos paisas quieren negociar hasta cuando están practicando algún deporte. Y yo veo que, incluso en las pantallas de El Metro, el Alcalde hace publicidad de turismo para Medellín. Y yo siento, Medallo, que se te está yendo la mano. Que de tanto negocio que hacés estás corriendo el riesgo de que te vendan completa, de que no quede nada para los que crecimos en ti, o para quienes envejecen en tus tierras y ven cómo sus pensiones alcanzan para cada vez menos porque los arriendos, la comida, y los cafés alcanzan precios que no se compadecen con los salarios.
Y entonces yo me pregunto si te valió la pena tanta resiliencia, si el resistir el narcotráfico en los 80s y 90s sí se ve justificado por la ciudad que sos hoy; o si al final el narco se quedó con vos, de maneras más sutiles, de manera permanente: quizás en el habla, o en la música, o en la visión de la vida y del mundo, en la importancia de lo plástico; en ese amor por lo que brilla, por lo luminoso, por lo exterior. Ojalá que no sea así, que sea una falsa impresión mía, que solo pude habitarte fugaz, recorrerte con ojos nuevos, renovados por los años que no pude caminarte.
Gracias por esos días en los que pude caminarte sin tanta prisa, sin muchas metas. Das la impresión de siempre estar en obra, en permanente construcción. Construyes poco sobre lo construido; demueles para volver a empezar, para levantar desde ceros edificios nuevos. No estoy seguro de si tu mentalidad también es similar. No hay mucha construcción sobre lo construido en las palabras que salieron de las bocas de algunos de quienes amo, familiares todos, que persistieron con comentarios homofóbicos, racistas, xenófobos.
Vas deprisa en tu centro, que por Navidad estaba convertido en un bazar sin pausa, sin calma, ordenado sin vigilancia que pudiera observarse, pues había un orden, pero no impuesto por agentes del Estado. Volví a pasar por tus iglesias: La Veracruz, La Candelaria, El Sufragio. Volví a orar allí, a pedir por luz e impulso, a agradecerle también a María Auxiliadora por poder visitar a mi familia. Visitarte vuelve a convertirme en un creyente, un creyente al estilo de mis padres, que allí siguen adorando y alabando a su Dios.

Altar de María Auxialiadora, en Sabaneta, Antioquia. Diciembre de 2025.


Así me dejaras con los ojos rojos por la contaminación, te sigo queriendo, Medellín. Te extraño mucho. Soy uno de los tuyos en la distancia. Y me alegró mucho caminarte sin reservas, sin maquillaje. Como bien te describió mi amiga J.P., que lo tomó de Tomás González (si bien recuerdo): “Eres capaz de todo el horror, y de toda la belleza”.
El horror de que siguen asesinando personas. El horror de que los desaparecidos aún no aparecen (y que las madres los siguen buscando, y a veces encontrando e identificando como pasó en diciembre en La Escombrera). El horror de tu crueldad, de tu violencia, de tu falta de convivencia pacífica. El horror de constatar que la vida sigue valiendo poco, que callamos por miedo, que el poder sigue siendo del más fuerte, o del que tiene el carro más grande, o del de la moto al que no puedes pelearle si te choca el auto porque puede matarte. El horror de observar que pasan los años y parece que no aprendemos de nuestros errores. El horror de ver la inequidad rampante que mantiene vidas completas, generaciones enteras, en la pobreza y con posibilidades mínimas de salir adelante. El horror de que las mascotas se han tomado el espacio y valor que tenían los seres humanos. El horror -o estupidez- de estar ahogándonos a nosotros mismos con la contaminación que producimos. A tanto llega la avaricia de algunos que, por el oro, prefieren envenenar y envenenarse con mercurio que tomar agua limpia; mercurio en el agua que ya empieza a observarse en el Oriente antioqueño, no muy lejos de ti.
Y “La Belleza”, la belleza de todavía asistir a la bondad y solidaridad que no esperan nada de vuelta; la belleza de ver a las nuevas generaciones de mi familia crecer desde la alegría, con experiencias valiosas que les recuerdan que vivir vale la pena; que el mundo es un espacio habitable si lo hacemos habitable, que existir es más hacer y menos esperar. La belleza de las amigas y amigos que te abren las puertas de sus casas, de sus amores, de sus vidas. Que te aceptan con tranquilidad que tardaste seis años para devolverles un libro; que no te reconocen a través de los vidrios de sus oficinas, pero al reconocerte detienen todo por un rato, ocupaciones y preocupaciones, para tomarse un café contigo, que quizás será el único café en uno o en muchos años. La belleza de abrazar a mis padres, y sentir con ellos que nos pasa el tiempo implacable. La belleza de sentirme plenamente vivo, tan pleno como no me sentía en mucho tiempo, y dar profundas gracias por ello.
Yo quisiera decirte, Medellín, que es bello sentir que tú también cambias, porque yo no quiero aferrarme a pasados bucólicos que no existen, pero me cuestionas más de lo que me alienta tu cambio. Tal vez dirás lo mismo de mí, y tal vez me respondas lo que yo te respondería: yo soy el que ves y sientes, resultado de los años, las decisiones, las prioridades, la historia. Como vos, puedo seguir cambiando, quizás para una versión más armónica y afín con vos. O quizás para una versión ajena y lejana, con la que ya no pueda conversar, ni mirar a los ojos, ni querer más. Ya veremos, Medellín, lo que me digan tus ojos cuando vuelva a encontrarte, ya veremos lo que tú sientes, y lo que yo sienta en mi cuerpo cuando volvamos a habitar el mismo tiempo y el mismo espacio.
Hasta entonces, gracias por lo compartido, por seguir existiendo, y por el Amor que me despiertas al visitarte. Mantente en La Vida, que yo haré lo propio, en este otro lado del mundo.

En los bajos de la Estación del Parque de Berrío, Medellín, Diciembre 2025.
Categories:

Deja un comentario