Alemania, abril de 2026.
Estimades vecines del Ecuador,
Les escribe un colombiano en la diáspora. Me mueve la tristeza y la impotencia de ver que están repitiendo nuestra historia. Yo sé que ustedes pueden pensar que somos nosotres, les colombianes, los responsables de lo que les está sucediendo. No les juzgo si prefieren no leerme.
Yo recuerdo de niño que un primo hizo un viaje por sus tierras, visitando a un tío que vivió entre ustedes por varios años. Él hablaba de que al pasar la frontera con Pasto se llegaba a otro mundo, un mundo tranquilo, sin conflicto, con caminos amplios. Las personas eran generosas, tímidas, sinceras, acogedoras. Era el Ecuador de hace 25 o 30 años aproximadamente. Yo aún no los visito en persona.
Con los años he visto que llegan noticias de ustedes, de que comienzan a parecerse en algunas facetas a lo que hemos vivido y vivimos en Colombia. Por eso me animo a escribirles esta carta abierta.
Lo primero es que por favor tengan presente que el narcotráfico no llega solo con dinero. Sí, esa es la promesa inicial: enriquecerse en poco tiempo, acumular tanto dinero como nunca se pensó en la vida, tener poder sobre espacios, dinámicas, y cuerpos (especialmente de mujeres). Ese poder genera la idea de que es posible estar por fuera de cualquier orden establecido, de crear un orden en sí mismo. El capital, en forma de divisas, de oro, o de lavado de divisas en economías legales, fluirá por la economía del país, y aceitará de paso algunas tuercas políticas y militares. De a pocos, cambiará lentamente las maneras de pensar, de vivir y de actuar de la sociedad. Con los años se acercará a todas las capas sociales y habrá tocado casi todas sus facetas socioeconómicas.
Ustedes todavía están a tiempo: sean sinceros con el problema desde el principio. No vayan a caer en la hipocresía que caímos nosotres, que seguimos viviendo con el elefante dentro de la casa sin mirar a los ojos las dinámicas que el narcotráfico ha instalado. Por nuestras calles fluyen en paralelo economías múltiples: una economía legal, honesta y basada en el trabajo (para muchos, basada en la sobrevivencia); y una economía y rentas ilegales que benefician a algunos pocos, y que ayudan a sostener un entramado social que es extremadamente desigual.
Por favor, no vayan a caer en la dicotomía de muertos buenos y muertos malos: recuerden que solo serán un eslabón en la cadena mundial de las drogas, y que serán el eslabón más frágil, donde están vidas que el mundo considera prescindibles. Allí el mundo les observará de lejos. Hablo de un mundo al que no le importa tanto si se desatan guerras internas, o conflictos fratricidas que se arrastran por generaciones, sin solución aparente, entrando a espirales de violencia que acumulan dolores, resentimientos, millones de víctimas, y desaparecidos que aún no aparecen. Ese mundo, ese sistema capitalista necesita de un lugar físico, de un espacio donde la producción y el tránsito sucedan. El producto, la cocaína, necesita fluir y comercializarse pues el mundo lo conoce y lo demanda.
Reciban con escepticismo a aquellos que dicen que les ayudarán a acabar con las drogas. Cuando más, vendrán a vigilar el tráfico, pero para controlar que siga fluyendo. Vendrán a instalarse en sus territorios, pero para materializar sus propios intereses geopolíticos. A nosotres nos han ayudado a mapear hasta el último centímetro del territorio colombiano, a saber con precisión dónde están los cultivos y cómo se han movido en los últimos casi 30 años. Y de ese conocimiento no se ha logrado ningún cambio sustancial para les campesines. Recíbanles con escepticismo pues quizás no vienen a cambiar ni a mejorar nada. Quizás les ofrezcan armas, “inteligencia”, les traerán dinero y entrenamiento con los que escalarán el conflicto, pues a mayor escala necesitarán comprar más armas. Recuerden que vienen con sus agendas, sus intereses, sus portafolios. Y simplemente en caso de olvido, vuelvan a la historia. Lo que ayer estaba prohibido, como el alcohol y el cannabis, ya alcanzaron la legalización, pues los mercados se estabilizaron y elles tomaron su control. Quizás suceda lo mismo con la cocaína un día.
Cuiden la justicia y aquelles que trabajen por ella. No hablo solo de jueces, sino de personas que hablan en voz alta y denuncian lo que está sucediendo. En nuestro caso, la mayoría de elles no fueron ni son protegidos, y han terminado asesinados. Atiendan sus cárceles. No caigan en la inhumanidad en la que hemos caído nosotres. No traten a sus presos peor que a algunos animales. Una condena se vuelve injusta si la condena no puede cumplirse bajo unas condiciones mínimas de humanidad.
Cuiden mucho sus palabras, y cómo las usan. En nuestro caso, bajo el supuesto de atacar a “narcoterroristas”, algunos miembros de nuestras fuerzas militares asesinaron y desaparecieron a miles de campesinos, a personas en situación de discapacidad, a ciudadanos de a pie que buscaban un empleo digno.
Aún están a tiempo, como aún está a tiempo la sociedad colombiana de la que vengo, de detenernos. La cocaína no ha estado allí desde siempre, ni tiene que quedarse allí para siempre. Los cultivos y la producción se han ido moviendo. En los siglos XIX-XX el principal productor de hoja de coca fue el Perú, y por un tiempo lo fue también la Isla de Java, que es hoy Indonesia. Sí, hablo de la hoja solamente, pero lo hago para que se den cuenta de que no todo es como es, de que hay posibilidad de cambiar.
Y por favor, como me lo repito yo, y como lo pienso y siento también para mi país de origen: no pierdan la esperanza. No dejen de trabajar. Ninguna ciudad ni ningún país están perdidos o son fallidos. Eso decían de mi ciudad, Medellín, cuando yo nací. Y la ciudad se mantuvo resiliente mientras las bombas de los carteles tronaban. Y hoy todavía millones de personas se levantan cada día, dando lo mejor de sí, trabajando por una mejor sociedad. Así lo deseo para ustedes también: que se mantengan resilientes, y que recuerden que tienen vecines, y otros países en el mundo que viven o han vivido lo que ustedes están viviendo, y que están dispuestos a dialogar, a intercambiar, a buscar otras opciones y otros caminos. Cuenten conmigo, si en algo puedo contribuir a ese diálogo.
Noticias y reportes que me movieron a escribir la carta
Before More People Are Hurt: Why the Trump Administration’s ‘Joint Targeting’ Model Needs a Rethink – Adam Isacson de Wola (en inglés) https://www.wola.org/analysis/trump-joint-targeting-rethink/
“La canciller de Ecuador pide en la ONU considerar el crimen organizado como amenaza para la paz internacional” – Noticias EFE
https://efe.com/mundo/2025-09-26/ecuador-onu-crimen-paz/
“Naciones Unidas: No se cumplen requisitos para decir que existe un conflicto armado en Ecuador” – La República (con EFE) https://www.larepublica.ec/blog/2026/03/20/naciones-unidas-no-se-cumplen-requisitos-para-decir-que-existe-un-conflicto-armado-en-ecuador/
Sobre la cocaína en el Perú, la Isla de Java, y en Colombia.
Van der Hoogte, A. R., & Pieters, T. (2013). From Javanese Coca to Java Coca: An Exemplary Product of Dutch Colonial Agro-Industrialism, 1880-1920. Technology and Culture, 54, pp. 90–116.
Gootenberg, P. (1999). Reluctance or resistance? Constructing cocaine (prohibitions) in Peru, 1910-1950. In P. Gootenberg (Ed.), Cocaine: Global histories (pp. 46–79). London: Routledge.
Bagley, B. (1986). The Colombian Connection: The Impact of Drug Traffic on Colombia. In D. Pacini & C. Franquemont (Eds.), Cultural Survival Reports: Vol. 23. Coca and Cocaine: Effects on People and Policy in Latin America (pp. 89–100). Cornell.
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