
La amiga con la que voy al cine me pregunta que qué significó para mí ver “Un Poeta” aquí, y no en Colombia, como inicialmente anhelaba.
Yo pienso por un momento y respondo que fue como estar de vuelta en casa por una hora y media. Transportarme por un tiempo, con la historia y los personajes, a la Medellín donde crecí. A la Medellín a la que siento que todavía pertenezco, y que me mueve hasta las lágrimas cuando la veo en pantalla, como hoy.
Simón Mesa Soto logra retratar con fidelidad el mundo del que vengo, reírse de él, mostrar cómo es la vida y ridiculizar a ciertas maneras y personajes. Los oportunistas en nombre de la poesía o del dinero, los que no logran escribir y se entregan al alcohol o a la bohemia, los que hablan de negocios en el exterior y de hacerse millonarios en un instante, los poetas tristes que siguen a José Asunción Silva, a Bukowski, a Alejandra Pizarnik pero que no alcanzan sus intensidades. Hablar de talento es complejo, yo prefiero pensar en honestidad frente a la escritura.
Y, cuando las palabras se agotan, y los argumentos y las poesías pasan a un segundo plano, el director muestra a lo que se reducen algunos: a mirarse de reojo los penes, para ver quién lo tiene más grande. Para muchos, a eso es a lo que se reduce la vida. Como si en el tamaño residiera el placer, como si el tamaño fuera razón de capacidad. Como si tenerlo más grande significara algo, en este mundo patriarcal.
El director y la película también logran hacer presentes otras visiones de la vida: las personas que anhelan una vida sencilla, sin poesías rimbombantes, sin vidas diferentes, sin salir de las fronteras físicas y mentales conocidas. Para elles, basta el barrio, los últimos chismes de la vecindad y de la familia, pintarse las uñas, ver las telenovelas y series juntes. Comer de lo que hay, trabajar en lo que toca, tener hijos sin pensarlo mucho, vivir en tumulto, sin mayor espacio privado, lo que para muchos es un hacinamiento.
Y aún en esa vida sencilla, y aún en ese transcurrir de la vida sin mayores expectativas, reside un mensaje que es en parte resignación y en parte resistencia: “cuando toca, toca”. Y eso fue lo que mencionó la amiga con la que fui al cine. Y yo siento que ella trasladó la película a su vida, no exenta de dificultades y retos. Y en ella resonaron las palabras de la hermana del poeta, que le recriminó esa idea de querer ser un poeta triste, de creerse su sino fatal, de pensar que no tenía suerte en la vida. La hermana le recuerda que la vida es difícil para todes, pero que toca asumirla, que toca hacer, que toca emprender.
La estudiante también representa esa enseñanza a la fuerza. Esa obligación. Ella no quería volver a los talleres, pero volvía a veces por lo que le ofrecían, ofertas tan básicas como comida, un esmalte, un vestido. La familia también logra representar esa búsqueda constante de oportunidades, que a veces deriva en oportunismo: la familia comiendo de lo que les traía el profesor, así dudaran de su integridad como persona. La familia reuniéndose para definir cómo iban a repartirse el millón de pesos que iban a recibir.
La amiga con la que vi la película decía que fue muy realista, que era muy cercana al mundo cotidiano, que eso la había sorprendido mucho. Yo también valoré mucho esa cercanía que tiene con el mundo del que provengo. El poeta cambió, y en esa transformación del personaje hay una revelación, un dolor y un llegar a un límite que genera tensión en el filme. El poeta se transforma, y escribe un poema feliz.
De cierta manera, a todes nos toca. En el filme le toca a la estudiante, al poeta, a las familias detrás de los personajes, y a la hija del poeta que debió salir adelante sin él, y que un día tuvo que pedirle a su padre que no la buscara más, que le hacía daño su presencia.
Un Poeta retrata el carácter humano de la Medellín de la que vengo. De allí su verosimilitud, su belleza. Belleza y tristeza, nostalgia y alegría que hoy me dejó mezcladas Un Poeta.
(La Voz de Colombia que escuchan mis padres los fines de semana, mientras escobas, traperas y sacudidores desfilan, o mientras se «monta» la olla, que será alimento compartido).

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